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viernes, 26 de septiembre de 2025

EL DIARIO EN LA ESPESURA

 


Título: El diario en la espesura

Autora: Marcela Barrientos



Lo encontré de la forma más insólita, como si hubiera estado aguardando mi paso. Entre raíces húmedas y hojas secas, en un claro del bosque, yacía un cuaderno de tapas gastadas, apenas sujeto por una cuerda que parecía recién atada. Al principio pensé que alguien lo había perdido hacía poco; sin embargo, al abrirlo, las páginas amarillentas y quebradizas me devolvieron el olor agrio del tiempo y una caligrafía inclinada, elegante, de otra época.

Leí a la luz temblorosa que se filtraba entre los árboles. El diario hablaba de una casa escondida en la espesura, un refugio secreto donde su autora —cuyo nombre nunca revelaba, solo firmaba con iniciales— había vivido un exilio voluntario. Describía puertas carcomidas, un baúl herrumbroso, y la promesa de que quien llegara allí hallaría “lo que jamás buscó, pero siempre le perteneció”.

No supe por qué, pero esas palabras me calaron hondo, como si fuesen dirigidas a mí. Cerré el diario y, obedeciendo una intuición inexplicable, seguí la ruta bosque adentro.

Caminé durante horas. El aire se espesaba, cargado de humedad y resina, y mis pasos crujían sobre ramas que parecían protestar por mi intromisión. Cuando ya pensaba que todo era un delirio, vi la casa: abandonada, cubierta de enredaderas, con una puerta entreabierta que dejaba escapar un hilo de luz dorada, como si el sol hubiera quedado atrapado dentro.

Me detuve un instante. El silencio era tan absoluto que oía mi propio pulso. Empujé la puerta y el chirrido se confundió con un lamento. Adentro, el polvo flotaba como un velo sobre los muebles, y cada objeto parecía congelado en un gesto de espera.

En una mesa encontré una vela intacta y una caja de fósforos. La encendí, y su llama alargó las sombras, revelando un estante con libros de lomo desgastado y una guitarra con la madera resquebrajada. Acaricié sus cuerdas oxidadas, y un acorde quebrado, como un suspiro, vibró en la penumbra.

Exploré habitación tras habitación. En una encontré un álbum de fotos: rostros severos, mujeres con vestidos largos, niños que miraban con ojos demasiado graves para su edad. En medio de esas imágenes, una mujer me devolvió la mirada. Tenía el mismo lunar sobre la ceja izquierda que yo. Sentí un escalofrío; cerré el álbum con brusquedad, como si quisiera borrar lo que había visto.

En el desván, bajo una viga torcida, hallé el baúl mencionado en el diario. Estaba cubierto de polvo, con herrajes oxidados y etiquetas de viajes a lugares cuyos nombres parecían inventados. Lo abrí con esfuerzo. Dentro no había oro ni cartas de amor, sino objetos triviales: un pañuelo bordado, una brújula rota, un manojo de llaves sin cerraduras. Pero al tocar cada cosa me ocurrió algo imposible: una oleada de recuerdos me invadía, recuerdos que no eran míos.

El pañuelo me llenó de la angustia de una despedida en un puerto: sentí el abrazo de alguien que lloraba y el olor a sal marina. La brújula me transmitió la euforia de un viaje en barco, el viento en la cara, el vértigo de lo desconocido. Con las llaves en la mano experimenté la extraña certeza de abrir puertas en ciudades que jamás había visitado.

Retrocedí, aturdida. Comprendí que la casa guardaba memorias vivas, atrapadas en los objetos, y que al tocarlos yo las absorbía, como si me prestaran cuerpos ajenos.

Corrí hacia la mesa donde había dejado el diario. Lo abrí de nuevo. La autora escribía que la casa era un santuario de memorias, que quien entrara allí se convertiría en custodio de experiencias que no debía olvidar la humanidad. Y añadía algo más: “Entre esas memorias estará la tuya, aunque aún no la hayas vivido. Y cuando la encuentres, sabrás que no llegaste aquí por azar”.

Con el pulso acelerado volví a abrir el álbum de fotos. Pasé una a una las páginas hasta que llegué al final. Allí estaba: una foto de mí misma, no la de ahora, sino una que aún no había ocurrido. Me vi en un puerto, con una maleta en la mano, mirando un horizonte de barcos. Reconocí la bufanda que yo misma había comprado hacía apenas unos días, pensando en un futuro viaje.

Sentí que el aire me faltaba. La mujer del diario, aquella de iniciales misteriosas, no era solo alguien del pasado; de algún modo, era yo misma en otro tiempo, o en otro ciclo de vida. La casa no me esperaba como visitante, sino como heredera.

Las velas se consumían, el humo se espesaba. Afuera, el bosque parecía cerrar su cerco. Comprendí con claridad que ya no podía abandonar ese lugar sin llevarlo conmigo, sin cargar la memoria de quienes habían vivido, amado y sufrido antes que yo.

Me quedé en silencio, con la vela en la mano y el diario abierto. Por primera vez, supe que mi historia no me pertenecía por completo: era parte de una corriente de voces, y yo era solo el siguiente eslabón en esa cadena infinita de memoria.

La llama titiló. Y entendí que, aunque podía salir de la casa, ya jamás volvería a estar sola.

Derechos de autora reservados

Septiembre 2025


lunes, 15 de septiembre de 2025

POEMA A LA CINTURA

 


En la búsqueda de la cintura perdida,

me aventuré por la panza escondida,

con lupa en mano y cinta métrica en bolsillo,

buscando entre la grasa un resquicio.


Serpenteando entre pliegues y dobleces,

como buscando tesoros en las pecas feas,

la cintura se escondía juguetona y traviesa,

entre migajas de pan y papas fritas, confiesa.


¡Ay, cintura mía, dónde te has ido!

¿Acaso te perdiste en el camino del olvido?

Entre chistes y bromas, te busco sin cesar,

pero solo encuentro más y más panza al mirar.


Quizás hice trampa, te escondiste bien,

entre los kilos de más que conseguí sin querer,

pero no desisto, persisto en mi misión,

¡encontrarte, cintura, se vuelve una obsesión!


Así que entre carcajadas y algún que otro suspiro,

sigo la pista de la cintura en su retiro,

y aunque se oculte detrás de la gordura acumulada,

sé que con paciencia y humor, será rescatada.


¡Que venga a mí la cintura perdida,

que entre risas y burlas será revivida,

y si no aparece pronto en la panza escondida,

al menos tendré un poema, como huella divertida!

Marcela Barrientos 22-01-2025

Derechos de autora reservados

A MI MADRINA, LUZ EN L DISTANCIA

 







A mi madrina, luz en la distancia


En el jardín de mis recuerdos,

donde florecen las risas y los abrazos,

tu voz es un susurro de brisa suave,

una melodía que acaricia el alma,

siempre presente, aunque el tiempo nos separe.


Eras el sol que iluminaba mis días,

la primera en saludarme,

como un rayo dorado que despierta al alba,

tejiendo con hilos de amor

el tapado que envolvió a mi hija,

un abrigo de fe y ternura,

un legado de tu generosidad infinita.


En tu hogar, cada rincón era un refugio,

un santuario de risas y dulces aromas,

donde el mate danzaba en el aire,

y las historias se entrelazaban 


tú, con tu cobijo maternal,

un faro en la espera,

un abrazo que nunca se olvida.


Hoy, en este instante de memoria,

no te despido, querida madrina,

pues me queda tu esencia en cada latido,

en cada paso que doy,

eres parte de mi ser,

una estrella que brilla en mi corazón,

un eco de amor que nunca se apaga.


Tu legado vive en mí,

como un río que fluye sin cesar,

y aunque la distancia nos separe,

tu luz siempre guiará mi andar.

Gracias por ser el ángel que me acompaña,

por cada momento compartido,

por ser la madre de mi alma,

en este viaje llamado vida.

Marcela Barrientos 23-01-2025

Derechos de autora reservados

Argentina