Título: El diario en la espesura
Autora: Marcela Barrientos
Lo encontré de la forma más insólita, como si hubiera estado aguardando mi paso. Entre raíces húmedas y hojas secas, en un claro del bosque, yacía un cuaderno de tapas gastadas, apenas sujeto por una cuerda que parecía recién atada. Al principio pensé que alguien lo había perdido hacía poco; sin embargo, al abrirlo, las páginas amarillentas y quebradizas me devolvieron el olor agrio del tiempo y una caligrafía inclinada, elegante, de otra época.
Leí a la luz temblorosa que se filtraba entre los árboles. El diario hablaba de una casa escondida en la espesura, un refugio secreto donde su autora —cuyo nombre nunca revelaba, solo firmaba con iniciales— había vivido un exilio voluntario. Describía puertas carcomidas, un baúl herrumbroso, y la promesa de que quien llegara allí hallaría “lo que jamás buscó, pero siempre le perteneció”.
No supe por qué, pero esas palabras me calaron hondo, como si fuesen dirigidas a mí. Cerré el diario y, obedeciendo una intuición inexplicable, seguí la ruta bosque adentro.
Caminé durante horas. El aire se espesaba, cargado de humedad y resina, y mis pasos crujían sobre ramas que parecían protestar por mi intromisión. Cuando ya pensaba que todo era un delirio, vi la casa: abandonada, cubierta de enredaderas, con una puerta entreabierta que dejaba escapar un hilo de luz dorada, como si el sol hubiera quedado atrapado dentro.
Me detuve un instante. El silencio era tan absoluto que oía mi propio pulso. Empujé la puerta y el chirrido se confundió con un lamento. Adentro, el polvo flotaba como un velo sobre los muebles, y cada objeto parecía congelado en un gesto de espera.
En una mesa encontré una vela intacta y una caja de fósforos. La encendí, y su llama alargó las sombras, revelando un estante con libros de lomo desgastado y una guitarra con la madera resquebrajada. Acaricié sus cuerdas oxidadas, y un acorde quebrado, como un suspiro, vibró en la penumbra.
Exploré habitación tras habitación. En una encontré un álbum de fotos: rostros severos, mujeres con vestidos largos, niños que miraban con ojos demasiado graves para su edad. En medio de esas imágenes, una mujer me devolvió la mirada. Tenía el mismo lunar sobre la ceja izquierda que yo. Sentí un escalofrío; cerré el álbum con brusquedad, como si quisiera borrar lo que había visto.
En el desván, bajo una viga torcida, hallé el baúl mencionado en el diario. Estaba cubierto de polvo, con herrajes oxidados y etiquetas de viajes a lugares cuyos nombres parecían inventados. Lo abrí con esfuerzo. Dentro no había oro ni cartas de amor, sino objetos triviales: un pañuelo bordado, una brújula rota, un manojo de llaves sin cerraduras. Pero al tocar cada cosa me ocurrió algo imposible: una oleada de recuerdos me invadía, recuerdos que no eran míos.
El pañuelo me llenó de la angustia de una despedida en un puerto: sentí el abrazo de alguien que lloraba y el olor a sal marina. La brújula me transmitió la euforia de un viaje en barco, el viento en la cara, el vértigo de lo desconocido. Con las llaves en la mano experimenté la extraña certeza de abrir puertas en ciudades que jamás había visitado.
Retrocedí, aturdida. Comprendí que la casa guardaba memorias vivas, atrapadas en los objetos, y que al tocarlos yo las absorbía, como si me prestaran cuerpos ajenos.
Corrí hacia la mesa donde había dejado el diario. Lo abrí de nuevo. La autora escribía que la casa era un santuario de memorias, que quien entrara allí se convertiría en custodio de experiencias que no debía olvidar la humanidad. Y añadía algo más: “Entre esas memorias estará la tuya, aunque aún no la hayas vivido. Y cuando la encuentres, sabrás que no llegaste aquí por azar”.
Con el pulso acelerado volví a abrir el álbum de fotos. Pasé una a una las páginas hasta que llegué al final. Allí estaba: una foto de mí misma, no la de ahora, sino una que aún no había ocurrido. Me vi en un puerto, con una maleta en la mano, mirando un horizonte de barcos. Reconocí la bufanda que yo misma había comprado hacía apenas unos días, pensando en un futuro viaje.
Sentí que el aire me faltaba. La mujer del diario, aquella de iniciales misteriosas, no era solo alguien del pasado; de algún modo, era yo misma en otro tiempo, o en otro ciclo de vida. La casa no me esperaba como visitante, sino como heredera.
Las velas se consumían, el humo se espesaba. Afuera, el bosque parecía cerrar su cerco. Comprendí con claridad que ya no podía abandonar ese lugar sin llevarlo conmigo, sin cargar la memoria de quienes habían vivido, amado y sufrido antes que yo.
Me quedé en silencio, con la vela en la mano y el diario abierto. Por primera vez, supe que mi historia no me pertenecía por completo: era parte de una corriente de voces, y yo era solo el siguiente eslabón en esa cadena infinita de memoria.
La llama titiló. Y entendí que, aunque podía salir de la casa, ya jamás volvería a estar sola.
Derechos de autora reservados
Septiembre 2025


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