Título: El diario del altillo
Autora: Marcela Barrientos
País: Argentina
Dicen que las casas antiguas ocultan lo esencial detrás de lo visible, como si en cada paralelepípedo de sus muros quedaran atrapados ecos de lo no dicho. Desde niño creí conocer cada pasillo y cada rincón de la casa de mis abuelos, pero aquella tarde me descubrí obnubilado por un presentimiento: la certeza inexplicable de que algo me aguardaba. No era miedo lo que sentía, sino un embrujo sutil, semejante al estremecimiento que antecede a las revelaciones.
Un crujido distinto a los habituales me guió hasta una escalera angosta, cuyas maderas se hundían como si guardaran siglos de confidencias. Subí lentamente, oteando la penumbra, hasta llegar a un altillo donde el aire se espesaba con motas doradas que flotaban como luciérnagas detenidas. Allí, la kenopsia dominaba el ambiente: esa soledad que respira en los lugares vacíos de voces. Sin embargo, entre baúles apilados y cofres sin nombre, uno me llamó con una fuerza arcana. Su candado, corroído, cedió sin resistencia, como si aguardara desde siempre el momento justo.
Dentro, bajo telas raídas y cartas quebradizas, yacía un cuaderno encuadernado en cuero, sorprendentemente intacto. No era un objeto vacuo: apenas lo abrí, comprendí que estaba frente a un testimonio etéreo, un puente entre lo íntimo y lo sempiterno. Sus páginas me produjeron una metanoia, un vuelco en la mirada: supe que no era un diario común, sino un legado destinado a ser hallado.
La autora se describía a sí misma como “casquivana” a los ojos de los suyos, porque había elegido vivir según su albedrío y no bajo los mandatos ajenos. Su voz, más que confesional, era un apapachar a través de las generaciones, un bálsamo que conciliaba ternura con rebeldía. Relataba cómo encontraba serenidad en la contemplación del céfiro, ese viento suave que rozaba las flores con ataraxia, y cómo, pese a la dureza de ser mujer en tiempos hostiles, cultivaba una esperanza acendrada.
En un pasaje, su caligrafía firme parecía latir en cada palabra:
"He amado sin pedir permiso y he llorado en secreto para no ofender con mis lágrimas. No me avergüenzo de mi rebeldía: prefiero ser llamada casquivana antes que vivir bajo cadenas invisibles. Mi corazón, al atardecer, se enciende con el arrebol, y en ese instante comprendo que mi venustez no está en mi rostro ni en mi carne, sino en la quimera de soñar junto a otros. Si mis manos tiemblan al escribir, no es por miedo, sino porque presiento que alguien, algún día, leerá estas líneas y sabrá que no estuve sola."
La sensación de esa mujer era la de alguien que oscilaba entre la fragilidad y la firmeza. Cada palabra suya parecía escrita en el filo de una aspillera: un resquicio mínimo desde el cual observar el mundo sin ser vista. Había en ella una consciencia lúcida de que su tiempo la condenaba, pero también la certeza de que su voz trascendería las sombras.
Vuelvo a releer esta frase que atravesó los muros de la hipocresía de una época llena de prejuicios hacia las conductas de las mujeres.
“La verdadera venustez no habita en la carne ni en el rostro, sino en la capacidad de soñar una quimera compartida.”
Esa sentencia me llevó a una anagnórisis: comprendí que estaba leyendo algo que no pertenecía solo al pasado, sino al presente y al porvenir.
Entre las páginas surgía la figura de un hombre berraco, campesino de bonhomía franca, con quien compartió un instante de amor efímero pero sempiterno en el recuerdo. Lo evocaba como un destello etéreo bajo el baticor del cielo incendiado, cuando el sol declinaba y el horizonte se vestía de rojos y naranjas. Aquellas escenas tenían la fuerza de lo indecible, como si estuviera mirando a través de una aspillera hacia un mundo donde la ternura resistía incluso en medio de la hostilidad.
El diario hablaba también de sororidad y fraternidad, de vínculos invisibles que se erigían como lumbre en la oscuridad, sosteniendo lo humano cuando todo parecía a punto de extinguirse. Esa escritura no era un refugio individual, sino un acto colectivo, un tejido de voces silenciadas que, sin embargo, persistían en el papel.
Me acerqué a la pequeña ventana circular del altillo. Desde allí, al otear el horizonte, vi cómo el sol se deshacía en fuego, y las partículas de polvo se convertían en un universo de chispas. Cerré el cuaderno con reverencia, consciente de que no había hallado un tesoro material, sino un secreto que pedía un guardián. No me marché con respuestas, sino con una certeza: esa mujer había escrito para alguien como yo, alguien dispuesto a escucharla con el corazón abierto.
Comprendí entonces que cada palabra suya, aunque nacida en soledad, formaba parte de una constelación de memorias silenciadas. Cada pincel escondido, cada canto apagado, cada diario oculto era un fragmento de justicia pendiente. Esa fue mi revelación: la historia, para ser completa, debe integrar a quienes soñaron y resistieron, aunque intentaran borrarlas.
El verdadero secreto del altillo era este: que las voces de aquellas mujeres, reducidas a rincones oscuros, siguen ardiendo como lumbre. Solo necesitamos la valentía de abrir sus páginas y dejarnos apapachar por su legado.
Derechos de autora reservados
Septiembre 2025


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