Título: El huésped invisible
Autora: Marcela Barrientos
País: Argentina
Despertó sin reconocer la forma de la habitación. Las paredes parecían más altas de lo habitual, como si quisieran cerrarse sobre él. El aire se espesaba con cada respiración y el silencio, lejos de traer calma, retumbaba con una insistencia que lastimaba los oídos. Quiso incorporarse, pero el cuerpo parecía ajeno, como si alguien más hubiese tomado posesión de sus músculos y se entretuviera en negarle obediencia.
La garganta se le transformaba en un túnel estrecho, donde las palabras se atascaban. Intentó llamar, pero de su boca solo salió un murmullo quebrado. La soledad de ese espacio desconocido se volvía aún más brutal al ver que ninguna ventana ofrecía salida. El aire estaba allí, pero cada bocanada se sentía incompleta, como beber de un vaso que nunca logra llenarse.
En su pecho algo se agitaba con la violencia de un pájaro atrapado. El ritmo era desordenado, apresurado, casi cruel. Aquella vibración interna no era producto del ejercicio ni de la sorpresa: era un tambor que golpeaba con furia desde adentro, una música incontrolable que dominaba cada fibra de su ser.
—“Respira, solo respira…” —se decía, pero la frase rebotaba contra las paredes invisibles de la mente y regresaba distorsionada, burlona.
—“¿Respirar? No puedes. Yo decido por ti. Yo marco el compás.”
Comenzó a caminar en círculos, tanteando las paredes lisas que se alargaban en corredores imaginarios. Sus manos, húmedas y resbaladizas, dejaban marcas en la superficie, como si buscara pruebas de que ese sitio era real. El sudor caía en hilos helados por la espalda, contradiciendo el calor abrasador que lo envolvía.
Quiso razonar. Intentó ordenar pensamientos que se disolvían antes de completarse. Cada idea era un cristal que se quebraba apenas trataba de sostenerlo. Los nombres, los recuerdos, incluso la noción del tiempo, se le escurrían como arena entre los dedos.
La confusión lo envolvía como una niebla espesa: no sabía si el techo estaba por derrumbarse o si era su mente la que se fragmentaba. Los recuerdos aparecían y desaparecían, rostros queridos se mezclaban con sombras sin nombre, y hasta la noción de quién era él mismo parecía resquebrajarse. Intentaba hilar pensamientos, pero cada uno se partía antes de completarse, dejándolo atrapado en un laberinto sin salida.
—“Esto no es real. Saldré de aquí. Tengo que salir.”
—“No, no hay salida. Soy yo quien abre y cierra cada puerta. Y tú eres mi prisionero.”
Las luces —si es que existían— parpadeaban en su imaginación más que en la habitación. Cada destello lo enceguecía un instante y le dejaba imágenes fugaces: un pasillo que se derrumbaba, un techo que se inclinaba sobre su cuerpo, una multitud invisible que lo observaba con ojos acusadores. Todo estaba allí y no estaba.
El cuerpo le respondía con señales confusas: un calor ardiente en las mejillas, escalofríos en la nuca, temblores en las piernas. Era como si estuviera ardiendo y congelado a la vez, partido en dos sensaciones imposibles de conciliar. Su corazón martillaba con tanta fuerza que sentía que en cualquier momento podría desgarrarle el pecho.
La urgencia de escapar lo impulsaba, pero los pies se negaban a avanzar con firmeza. Caminaban torpes, como si el suelo se convirtiera en barro o arena movediza. En su boca, un sabor metálico se acumulaba, recordándole que incluso su propio cuerpo podía traicionarlo.
—“Por favor, basta. Solo quiero silencio.”
—“El silencio soy yo, y aun en silencio seguirás escuchándome.”
La visión se estrechaba como si un túnel lo arrastrara hacia el centro de la nada. Cada objeto se distorsionaba: las esquinas parecían más puntiagudas, las sombras más densas, y hasta su propia respiración sonaba como un rugido en su oído. Una corriente invisible lo empujaba contra sí mismo, haciéndole sentir que su cuerpo ya no le pertenecía.
El rostro se le desencajaba, como si viera un espectro. Y en cierto modo así era: el espectro estaba dentro. Cada segundo se volvía infinito, cada latido un martillo. No había reloj, pero el tiempo parecía detenido en una tortura inmóvil.
Cayó de rodillas, buscando el contacto del piso como ancla. El frío del suelo lo aferró a la realidad, aunque al cerrar los ojos el mundo interior resultó aún más cruel: figuras deformes lo rodeaban, pasos inexistentes resonaban en su mente, y la piel se le encogía como si lo desnudaran ante un tribunal invisible.
—“No te muevas, no luches. Soy más fuerte que tú.”
—“No… no lo eres. No puedes ser eterno.”
Se dobló sobre sí mismo, con los brazos rodeando el pecho, como si quisiera impedir que aquel tambor descontrolado lo destrozara desde dentro. El aire que lograba inhalar era tan escaso que cada respiración parecía la última. En la garganta, un nudo lo sofocaba como si alguien invisible apretara sus manos contra su cuello.
No había tesoros ocultos ni secretos revelados en esa habitación extraña. Lo único presente era un huésped invisible, un visitante indeseado que le arrebataba el aire, el control y la calma.
Y entonces la comprensión se abrió paso como un destello: aquel lugar no era físico. La prisión estaba en su propio cuerpo, sitiado por una fuerza intangible. El enemigo tenía un nombre que apenas se atrevía a pronunciar, pero que lo dominaba por completo: era un ataque de pánico.
Derechos de autora reservados
Argentina
Septiemvre 2025


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