Título: Extrañas sensaciones
Autora: Marcela Barrientos
País: Argentina
Desde niña me invadía una certeza inexplicable, un rumor en la sangre que no encontraba nombre. No tenía pruebas, ni un gesto, ni una palabra que lo confirmara; eran fragmentos: un silencio que se hacía costumbre en ciertas miradas, una pausa que cortaba historias en la sobremesa. Fui amada, cuidada, celebrada. Crecí entre abrazos y voces que me llamaban hija. Y, sin embargo, cada vez que me miraba al espejo, algo me devolvía un reflejo ajeno, como si la piel no terminara de coincidir con el nombre que me dieron. El rostro conocido aparecía, pero por debajo había una frecuencia distinta, una señal que no lograba decodificar.
Era una sospecha que no se formulaba en frases claras, sino en huecos. Una inquietud que me hacía distinta de mis hermanos: ellos parecían encajar sin esfuerzo, como piezas exactas de un rompecabezas. Yo, en cambio, me sentía borde, filo, la pieza que nunca encuentra su lugar. En la infancia, esa sensación se expresaba en gestos pequeños: inventaba mapas en el dorso de los cuadernos, como si trazando rutas pudiera llegar a un origen que todavía no conocía.
También buscaba papeles. Revolvía cajones, miraba bolsas de documentos, espiaba fotos que no tenían fecha. Soñaba que encontraría un nombre distinto en un acta, una carta olvidada que lo explicara todo. Nunca hallé esa carta, pero sí la sensación de haber sido siempre la archivista de un misterio propio.
Con la adolescencia cambiaron los modos de búsqueda: ya no eran objetos sino personas. Interrogaba a parientes en conversaciones casuales y las respuestas oscilaban entre evasiones y negaciones. Una risa nerviosa, un cambio de tema, un “no pienses eso”. No obtenía certezas, pero cada silencio me confirmaba que había algo que se intentaba ocultar.
La intensidad de la duda no fue constante: a veces se volvía tenue, como una bruma apenas audible; otras, ocupaba todo mi pensamiento. Hubo temporadas en que la rutina la acallaba, y otras en que regresaba con voracidad, como un eco obstinado que no podía ser apagado.
Había algo en mi forma de existir que no lograba ajustar. No era rebeldía ni desamor. Era un ruido interno, como una cuerda que vibra en una melodía ajena. En las noches, cuando el silencio de la casa caía sobre mí, esa sensación se volvía más fuerte: la certeza de ser un cuerpo prestado, una presencia que no terminaba de pertenecer.
Con los años la duda se volvió pregunta articulada y, al mismo tiempo, conservó su aspecto elemental: un conocimiento que la razón no poseía pero que mi cuerpo sí reconocía. La interrogación sobre mi origen me empujó a confrontar el lenguaje de la familia; hubo conversaciones que fueron minas de silencio. En algunas, la revelación fue implícita: frases a medias, miradas que se apartaban, la prisa por cambiar de tema; en otras, la confirmación llegó en un despliegue controlado, como si se me ofreciera la verdad en porciones admitidas.
“Eres adoptada”, me dijeron. Y en ese instante, como si una cerradura antigua se liberara, muchas piezas encajaron con la violencia de lo inevitable.
No fue sorpresa: no esperaba un estallido sino la confirmación de una intuición que me había acompañado desde la infancia. La anagnórisis no llegó como drama melodramático sino como una especie de catarsis que mezclaba alivio, dolor y desorientación. Comprendí por qué mi piel lloraba cuando la llamaban “igual” y por qué mi alma flotaba como pluma en un aire distinto. La revelación no borró el amor recibido —ese amor seguía allí, acendrado, íntegro—; lo que dolió fue la mentira, el recorte que había hecho de mi historia la familia que me formó con cariño. Sentí, por un momento, que me deslizaba entre dos superficies: la que me había sostenido y la que, por herencia, me sería ajena.
Hoy camino entre dos mundos: el de la familia que me eligió y me sostuvo, y el de la sangre que nunca conocí. Soy puente entre orígenes, y a veces ese puente cruje como una escalera vieja que no sé si soportará el peso de mis pasos. Vivo con la paradoja de ser hija doble y, a la vez, hija sin raíces claras.
¿Soy rara? ¿Soy un error? Me lo he preguntado tantas veces que la pregunta se volvió canción. No encajo del todo aquí ni allá. Pero en esa diferencia también hay fuerza. Mi identidad no es un vacío, sino una constelación hecha de fragmentos: papeles, silencios, afectos, recuerdos. Un rompecabezas que nunca cierra del todo, pero que igual dibuja una figura.
La memoria tiene capas que a veces se archivan como si fueran cartas sin remitente. He aprendido a leer esas capas con más paciencia: a distinguir el afecto que me conformó del dato que me faltó, a aceptar que la autenticidad puede existir aun cuando la genealogía no coincida con las expectativas. Y aun en la aceptación persiste un filo: la curiosidad por la sangre que me precede, por los nombres que mis papeles no pronuncian. Esa búsqueda no es siempre ardiente; hay periodos de tregua, de sosiego —en los que la vida cotidiana, las obligaciones y las pequeñas alegrías aplacan la urgencia— y hay temporadas en las que la curiosidad se despierta con voracidad, me empuja a interrogar archivos, a llamar a parientes, a rastrear apellidos en antiguas planillas amarillas.
No elegí esta condición, pero ahora sé que no soy menos por sentirme extraña. Soy una nota fuera de lugar que, sin embargo, hace temblar la melodía entera. La nota que se salió de la armonía no anula la melodía; la desajusta, la transforma. En esa transformación voy buscando, con paciencia variable, los papeles que aún faltan y las palabras que aún no se dijeron. Y en la búsqueda misma, aunque a veces duela, habita ya una forma de pertenencia: una que no se ajusta a categorías limpias, sino a la trama compleja de lo que soy. Una nota que, sin embargo, hace temblar la melodía entera.
Derechos de autora reservados
Septiembre 2025


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