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miércoles, 22 de octubre de 2025

BITÁCORA DE LA CELDA 5 B - DÍA 319

 


Desde este espacio donde los números ya no son cifras sino barrotes, escribo.

No para pedir clemencia, ni para explicar lo inexplicable, sino porque las palabras, como los números, a veces encuentran caminos secretos que conducen a la libertad.

La celda es un rectángulo imperfecto, como mi vida antes de llegar aquí.

Mide dos pasos de largo por uno y medio de ancho.

A veces, me gusta pensarla como un problema de geometría:

P = 2(l + a)

Donde l es el largo y a el ancho.

Es decir, P = 2(2 + 1.5) = 7.

Siete pasos. Siete noches que se repiten en bucle.

Así mido mis días: con números, con ecuaciones que no se resuelven,

pero al menos se escriben.

La matemática se ha vuelto mi forma de caminar sin moverme.

[Bitácora de la celda 5B – Día 319]

Si uno traza una línea recta desde la ventana hasta el rincón donde cae el sol a las cinco, podrá calcular el ángulo exacto en que la tarde se rinde.

He hecho esa cuenta todos los días.

Para no olvidar que la luz tiene leyes.

Para que algo, al menos algo, tenga sentido.

No sé en qué momento dejé de contar los días y empecé a contarlos como ecuaciones.

El lunes es una constante.

El martes, una incógnita.

Los miércoles, una derivada de lo que ya fui.

Y los jueves, una función creciente de una tristeza que no decrece.

Cuando era niño, pensaba que las matemáticas eran frías.

Ahora sé que también pueden ser refugio.

Aquí dentro todo es cálculo.

La distancia entre mi cama y la de mi compañero (1,7 m).

La frecuencia con la que un guardia repite las mismas palabras (cada 4 horas).

El número de pasos desde el portón hasta el comedor (58 exactos).

Pero no todo se mide.

A veces el pensamiento escapa al número.

Como una raíz cuadrada que no se deja atrapar.

“Si X representa lo que fui, y Y lo que el mundo cree que soy… ¿quién resuelve la ecuación de mi historia?”

Mi abuela me decía que todo lo que uno hace se guarda en algún lado.

Que nada desaparece.

Tal vez por eso escribo esta carta.

Para que quede un registro.

Como un teorema mal formulado que alguien, algún día, pueda demostrar.

(Insertar aquí un fragmento de diario íntimo, fechado en un diciembre caluroso)

Hoy soñé que era libre.

Caminaba por una ciudad que no conocía, pero todo en ella era mío.

Incluso el aire.

Había árboles con hojas escritas, y cada palabra era una posibilidad.

Las puertas estaban abiertas y nadie me preguntaba quién era.

Pero al girar una esquina, el sueño se oscureció.

Vi luces rojas.

Voces rotas.

Una mano en mi nuca.

El frío del piso.

El silencio que vino después, espeso como sangre que no quiere salir.

Entonces apareció una pizarra en la calle.

Nadie la sostenía, pero flotaba quieta.

Alguien —no sé si era yo mismo— había escrito con tiza blanca:

"El infinito cabe en un pensamiento si uno se atreve a mirar sin miedo."

Me acerqué.

Toqué esa frase como si fuera un talismán.

Sentí que algo se abría.

Que podía salir.

Me desperté sudando.

Y me reí.

Como quien recuerda que ha amado, incluso desde el abismo.

Hay cosas que no caben en esta celda, pero viven igual.

Mi hija, por ejemplo.

Tiene siete años y dice que quiere ser astronauta.

Yo le enseñé a sumar con piedritas cuando apenas hablaba.

Ahora me escribe cartas con dibujos de cohetes que dicen “papá va a volar conmigo”.

No sé cuándo saldré.

Ni siquiera si saldré.

Pero le enseño a contar estrellas desde lejos.

Le digo que cada estrella es una esperanza.

Y que los números también pueden ser promesas.

[Fragmento de una carta no enviada]

A veces imagino que mi cuerpo es una fórmula.

Que mis errores son variables.

Que si alguien tuviera suficiente paciencia, podría reorganizarme, reescribirme.

¿Qué función podría devolverme a ese punto donde todo empezó?

Cierro esta carta sin saber si alguien la leerá.

Tampoco sé si importa.

Como dijo Fermat, “he descubierto una prueba verdaderamente maravillosa... pero este margen es demasiado estrecho para contenerla”.

Aquí también los márgenes son estrechos.

Pero aún así, pienso.

Porque pensar, incluso en una celda, es una forma de no rendirse.

Y porque, como aprendí entre números y sombras, a veces la libertad no es más que una raíz cuadrada imperfecta: no termina nunca, pero nos empuja a seguir buscando.

Atentamente,

quien aún sabe dividir el tiempo, multiplicar el silencio y restar el miedo.

Autora: Marcela Barrientos 21-07-2025

Derechs de autora reservados

Argentina 


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