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miércoles, 7 de octubre de 2026

LA LUZ ENTRE LA NIEBLA


Título: La luz entre la niebla

Autora: Marcela Barrientos 

El mar tenía memoria.

Recordaba los nombres de los hombres que habían dominado sus aguas y también los que había devorado sin piedad. Pero casi nunca recordaba a las mujeres, porque durante siglos dijeron que ellas traían mala suerte a bordo.

Así lo repetían los marineros en cada puerto:

—Una mujer en cubierta es una tormenta segura.

Sin embargo, aquella noche el océano parecía guardar silencio ante la presencia de Kate Morrow, capitana del Estrella Errante.

La niebla había caído como un telón espeso. No era una bruma suave sino una pared húmeda que borraba el horizonte y volvía invisible el cielo. El barco avanzaba lentamente, cortando la oscuridad con el crujido de su madera y el gemido del viento entre los mástiles.

Kate estaba en la proa, firme, con el abrigo empapado de sal. Su cabello oscuro se pegaba a su rostro, pero sus ojos no abandonaban el mar.

—Capitana —murmuró el timonel—. No vemos ni las estrellas. Tal vez deberíamos esperar al amanecer.

Kate negó con calma.

—El amanecer no salvará a quienes están perdidos allá afuera.

Señaló el horizonte invisible.

Habían recibido noticias de un pequeño barco pesquero atrapado entre arrecifes. En noches como aquella, los barcos desaparecían sin dejar siquiera una tabla flotando.

Los hombres del Estrella Errante se movían con nerviosismo. No por la tormenta —todos conocían el mar— sino por la capitana.

Muchos habían dudado de ella cuando subió por primera vez al mando.

Recordaban las historias del puerto:

Una mujer no debe gobernar el timón.

El mar no obedece a las mujeres.

Los barcos que llevan capitana terminan en el fondo.

Pero la capitana había nacido junto al océano. Su madre era farera en un islote de roca negra, y desde niña aprendió que el mar no distinguía entre hombres y mujeres, sólo entre los que sabían escucharlo y los que no.

A los doce años ya conocía las corrientes.

A los quince podía leer las nubes.

A los veinte había cruzado mares que muchos marineros evitaban.

Aun así, el prejuicio pesaba más que cualquier tormenta.

Un golpe de viento sacudió las velas.

La niebla parecía moverse como un animal vivo.

—Capitana —dijo otro marinero—. Las rocas están cerca.

Entonces ocurrió.

A lo lejos, apenas visible, apareció una luz.

No era brillante ni constante. Parpadeaba débilmente entre la niebla, como el latido de un corazón cansado.

El faro.

Kate sonrió apenas.

—Estamos cerca de la costa.

El faro estaba construido sobre un acantilado oscuro, alto como una muralla. Desde allí la luz giraba lentamente, luchando contra la neblina que quería devorarla.

Ella conocía ese faro.

Había crecido bajo su resplandor.

Su madre solía decirle:

—Un faro no manda al mar… solo le recuerda a los navegantes que aún existe un camino.

El barco avanzó con cautela.

Las olas golpeaban las rocas con un rugido profundo, como si el océano quisiera romper la costa.

Entonces escucharon algo.

Un grito.

Débil. Perdido entre el viento.

Los hombres se miraron entre sí.

—¡Allí! —exclamó uno.

Entre la niebla apareció la sombra de un pequeño pesquero atrapado entre dos rocas, inclinado peligrosamente. Las olas lo empujaban una y otra vez contra el acantilado.

—¡Cuerdas! —ordenó Kate.

El Estrella Errante se acercó lo suficiente para lanzar líneas de rescate.

Las olas eran feroces. Cada maniobra podía destrozar ambos barcos.

Uno de los marineros dudó.

—Capitana… esto es una locura.

Kate lo miró.

No había miedo en su voz cuando respondió.

—Lo sería si nos marcháramos.

El mar rugió como si quisiera probarla.

Pero ella se mantuvo firme.

Las cuerdas volaron por el aire.

Uno por uno, los pescadores atrapados comenzaron a cruzar hacia el Estrella Errante. Empapados, temblando, pero vivos.

El último hombre saltó justo cuando una ola gigantesca golpeó el pesquero y lo partió contra las rocas.

Los marineros del Estrella Errante observaron en silencio cómo los restos del barco desaparecían en la espuma.

El timonel respiró profundo.

—Si hubiéramos esperado al amanecer…

Kate terminó la frase:

—No habría nadie que salvar.

La niebla empezó a levantarse lentamente.

Y entonces el faro apareció completo ante ellos.

Alto. Blanco. Inquebrantable sobre el acantilado negro.

Su luz giraba tranquila, como si siempre hubiera estado segura de que el mar terminaría obedeciendo.

Uno de los pescadores rescatados la miró con asombro.

—Dicen que las mujeres traen mala suerte al mar.

Ella soltó una risa suave.

—El mar no cree en supersticiones.

Los hombres del Estrella Errante guardaron silencio.

Habían visto muchas tormentas. Muchos capitanes.

Pero ninguno que enfrentara la oscuridad como ella.

Kate levantó la vista hacia el faro.

Durante un instante creyó ver la silueta de una mujer en la torre, vigilando la costa como en los viejos tiempos.

Tal vez era solo la sombra de la linterna.

O tal vez el recuerdo de su madre.

El viento comenzó a cambiar.

La tormenta se alejaba.

—Capitana —dijo el timonel—. ¿Rumbo al puerto?

Ella observó el mar una última vez.

Luego asintió.

—Rumbo al amanecer.

El Estrella Errante giró lentamente, alejándose del acantilado.

La luz del faro siguió girando sobre la superficie del océano, marcando un camino invisible entre las aguas oscuras.

Y mientras el barco avanzaba, los marineros comprendieron algo que los viejos puertos aún tardarían en aceptar, que el mar no pertenecía a los hombres.

Pertenecía a quienes tenían el valor de navegarlo.

Y aquella noche, entre la niebla y la luz del faro, el océano había reconocido a su capitana.

06-03-2026


EL ARTE DEL ENCUENTRO 06-10-2026

 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

ORIGINE/ORIGEN (POEMA BILINGÜE)



In italiano / En español

________________________________________

Nacque il verso dal silenzio,

 come un respiro antico tra le pietre,

  una vibrazione cieca del mondo

   che cercava la sua voce.


Nació el verso desde el silencio,

 como un respiro antiguo entre las piedras,

  una vibración ciega del mundo

   que buscaba su propia voz.


Prima fu il suono,

 libero, senza nome,

  come il vento nei rami

   o l'acqua tra le mani.


Primero fue el sonido,

 libre, sin nombre,

  como el viento entre las ramas

   o el agua entre las manos.


Poi venne il ritmo,

 il cuore che batte,

  il passo del tempo

   sul corpo dell’attesa.


Luego vino el ritmo,

 el corazón que late,

  el paso del tiempo

   sobre el cuerpo de la espera.


Le parolenacquero come fuoco,

 dalle labbraferitedeisogni,

  un mormorio che accendevailbuio

   e glidava forma.


Las palabras nacieron como fuego,

 de los labios heridos de los sueños,

  un murmullo que encendía la oscuridad

   y le daba forma.


Così la poesia fu madre e figlia,

 linguadell’invisibile,

  eco che disegnailsilenzio

   con la luce del suono.


Así la poesía fue madre e hija,

 lengua de lo invisible,

  eco que dibuja el silencio

   con la luz del sonido.

Marcela Barrientos 22/07/2025

Derechos de autora reservados

Argentina

 

SUSTENTO DIVINO


Título:  Sustento Divino

Te amo no como se ama lo que falta,

sino como se ama lo que sostiene.

No vienes a completar mis bordes:

eres el suelo donde aprendo a estar de pie.

En tu creación no hay vacío,

todo respira un sentido exacto.

El cielo no presume su altura,

la semilla no duda del tiempo,

el agua no se pregunta si volverá al mar.

Todo confía, y en esa confianza te nombra.

Tu amor no compite con el amor humano: lo antecede.

No pide exclusividad ni promesas,

se ofrece como pan,

y es luz que no reclama ser mirada

para seguir siendo luz.

Cuando el mundo se vuelve áspero

y mi fe se parece más al cansancio que a la oración,

tu Misericordia no retrocede.

No me amas porque sea digno,

me amas porque existo,

porque tu amor no negocia, no calcula, no se defiende.

El amor humano tiembla,

necesita respuesta, teme perder.

El tuyo permanece aunque yo me aleje, 

aunque calle, aunque dude.

No eres refugio para huir del mundo:

eres la fuerza para habitarlo.

No eres consuelo fácil,

eres verdad que sostiene incluso cuando duele.

Amarte es descansar sin poseer, creer sin dominar,

vivir sabiendo que todo lo que soy está sostenido por tu aliento.

Si el amor humano es llama, el tuyo es fuego primero.

Si aquel se aprende, el tuyo nos crea.

Y en ese amor, que no me completa sino que me funda,

descubro que existir ya es una forma de ser amado.

Marcela Barrientos 07-02-2026 

Derechos de autora Reservados

 Argentina

 

EL ARTE DEL ENCUENTRO 30-09-2026

 

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LUNA DE ENSUEÑO




Título: Luna de Ensueño


Hoy quiero abrazarte a ti,

mi luna compañera de ensueños,

espejo callado del alma

que me vela en los desvelos.

Te busco en el cristal del cielo,

donde cuelga tu rostro de plata,

y en tu perfil de silencio

se adormece mi esperanza.


Eres faro de mi sombra,

confidente sin palabras,

bordas secretos en hilos

de estrellas que nunca se apagan.

Te he contado mis heridas

con suspiros hechos alas,

y tú, sin juicio ni prisa,

me devuelves la calma.


Tu luz no pregunta nada,

pero lo abraza todo:

mis dudas como mareas,

mis sueños como lodo.

Cuando el mundo se me achica,

tú ensanchas horizontes,

y en tu mirada serena

se disuelven los montes.


Dame refugio, luna amiga,

dame tu sombra redonda,

cuéntame historias antiguas

en lengua de espuma y onda.

Guíame entre los tejados

como un duende sin abrigo,

y si me pierdo en el tiempo,

haz que vuelva contigo.


Porque tú eres más que noche,

más que espejo y que silencio;

eres madre, brújula y canto,

mi luna, mi sol en destiempo.

Hoy te escribo este verso

como quien besa el misterio,

para quedarme en tus brazos

más allá de este invierno.

Marcela Barrientos 17/07/2025

Derechos de autora reservados

Argentina 


 

ABUELAZGO EN TRES TIEMPOS




Título: ´Abuelazgo en tres tiempos

I. Lo que no fue

No supe del perfume del pan en sus hornos,

ni del silbido tibio de una nana entre hilos,

nadie me contó historias al borde del sueño

ni tejió mis inviernos con sus manos de abrigo.

A mi mesa faltaron sus risas de otoño,

y en mis fotos no hay huellas de abrazos antiguos.

Los busqué en las grietas del tiempo heredado,

y hallé solo el eco de un hueco dormido.


II. Lo que vi en ellos

Pero vi en sus ojos —los de mis padres—

la dulzura callada de un río que enseña,

el gesto preciso, la paciencia sin sombra,

la ternura haciendo sus comidas preferidas.

No mimaron con exceso, amaron con norte,

dieron sin medir, y cosecharon sin ruido,

y mis hijos aún los miran como a faros sagrados,

con esa fe redonda que les dieron abrigo de niños.


III. Lo que nace en mí

Ahora soy el regazo que alivia y que espera,

la rama donde anida la siesta en su canto.

Él sonríe y el mundo se dobla en colores,

me busca dormido, se entrega en mis brazos.

Hay una eternidad en su mano pequeña,

y en su risa me vuelvo semilla y pasado.

Ser abuela es volverse raíz y horizonte,

es sanar lo que falta… es volver a empezar.


Autoría: Marcela Barrientos 14-07-2025

País:  Argentina

© Derechos Reservados de Autor



 

miércoles, 23 de septiembre de 2026

PROGRAMA: EL ARTE DEL ENCUENTRO 23-09-2026

 

martes, 24 de marzo de 2026

GRITO DE MUJER 2026 - ENTREVISTA A GEORGIA KALTSIDOU


 

PRIMER PROGRAMA DE GRITO DE MUJER 2026


 


GRITO DE MUJER 2026- ENTREVISTA A MARITZA BENTACOURT

 


DÍA MUNDIAL DE LA POESÍA 21-03-2026

 


lunes, 27 de octubre de 2025

EL OTOÑO DORADO, UNA CELEBRACIÓN DE LA EDAD MADURA

 



Título: El otoño dorado, una celebración de la edad madura.

Autora: Marcela Barrientos.

Al llegar marzo, los árboles se vestían con una paleta de dorados, ocres y rojos, como si la naturaleza celebrara una despedida al verano. Entre las hojas que caían, llenando de un suave crujido el suelo, Clara paseaba, sintiendo la frescura del viento en su rostro. Para ella, el otoño era una metáfora de su vida en esta edad dorada, una celebración de los más de cincuenta años acumulados en su andar.

Cada hoja que descendía representaba un recuerdo, un momento vivido, una lección aprendida. Aunque solía mirar atrás con nostalgia, hoy entendía que la caída de las hojas no significaba un final, sino más bien un nuevo comienzo. La descomposición de las hojas alimentaba la tierra, preparándola para el renacer de la primavera. Así también, ella sentía que los años pasados habían fertilizado su alma, permitiéndole cultivar una sabiduría que solo el tiempo puede otorgar.

En ese paisaje otoñal, encontraba una belleza serena. La luz dorada del sol se filtraba entre las ramas, iluminando su camino y recordándole que, aunque el tiempo hubiese dejado sus marcas, cada línea en su rostro contaba una historia de fortaleza y resiliencia. El dorado, símbolo de belleza, éxito y nobleza, le recordaba que, a pesar del paso de los años, seguía brillando con la fuerza que la experiencia le había otorgado. Ahora veía el paso del tiempo no como una carga, sino como un regalo. En esta etapa dorada de su vida, podía ser auténticamente ella misma, brillando con su propia luz, sin disculpas.

Sin embargo, Clara también sabía que el color dorado podía llevar consigo una cara menos amable. Como el oro que deslumbra, había momentos en que se sentía atrapada por la arrogancia de los logros pasados o por la tentación de compararse con los demás, cayendo en una trampa de vanidad y nostalgia. En ocasiones, el éxito y el reconocimiento de los años anteriores le resultaban inalcanzables, una especie de ostentación que, a veces, la hacía preguntarse si todo había sido suficiente.

Mientras recogía algunas hojas secas del suelo, pensó en lo maravilloso que era poder mirar al futuro con anhelo, no con temor. ¿Quién dijo que la vida se desvanecía con los años? Al contrario, el oro de esas hojas, como el de su vida, simbolizaba la riqueza de la experiencia. Con cada desafío superado y cada alegría compartida, había formado una capa dorada a su alrededor, una luz que la hacía resplandecer. Pero también entendía que esa luz, si no se equilibraba con humildad, podía caer en el deslumbramiento, impidiéndole ver con claridad los aspectos sencillos y esenciales de la vida.

Se detuvo a contemplar el paisaje. El parque se llenaba de risas de niños, el aroma de castañas asadas flotaba en el aire, y los árboles danzaban al ritmo del viento. Cada instante era un recordatorio de las posibilidades por venir. En su mente, el otoño se entrelazaba con la certeza de que aún había sueños por realizar. La vida le ofrecía colores vibrantes y oportunidades escondidas en cada rincón de su ser.

El viento sopló con fuerza y Clara cerró los ojos, sintiendo la brisa fresca en su piel. Era como si el universo la abrazara y le susurrara: “Este es tu momento”. Con una sonrisa en los labios, decidió que, al igual que las hojas doradas que adornaban el suelo, no se dejaría vencer por el tiempo. Se aventuraría como el ciclo de las estaciones, siempre dispuesta a florecer de nuevo en cada etapa de su vida.

Disfrutaba de la sabiduría acumulada a lo largo de los años, una sabiduría que le permitía afrontar los desafíos con claridad y equilibrio. Ahora observaba el mundo con una mirada crítica, pero comprensiva. El conocimiento le abría puertas a nuevas oportunidades y la motivaba a compartir sus aprendizajes con generaciones más jóvenes. Cada encuentro y conversación enriquecían su vida de maneras inesperadas.

Además, se encontraba en una etapa de autoexploración. Dedicaba tiempo a sus pasiones, ya fuera a través del arte, la escritura o la naturaleza, lo que le permitía mantener una conexión profunda consigo misma y con el mundo que la rodeaba. Cada día era una nueva oportunidad para seguir aprendiendo, adaptándose y contribuyendo con su experiencia a la vida de otros.

En su otoño dorado, Clara se prometió celebrar cada día con gratitud, reconociendo que la verdadera magia de vivir no reside en la juventud, sino en la plenitud de los años vividos, en el brillo inevitable que proviene de aceptarse y amarse en todas sus facetas. En esta edad dorada, abrazaba la complejidad de la vida con entusiasmo, siendo un puente entre el pasado y el futuro, aprendiendo constantemente y guiando a aquellos que buscaban su propio camino.

18-09-2024 

Derechos de autora reservados 

Argentina


EL MILAGRO DE LA MEDIANOCHE

 



Título: El milagro de medianoche.

Autora: Marcela Barrientos.

Tomás siempre había sido un niño curioso, de esos que levantan la mano en clase para preguntar y se quedan después de la escuela para entender mejor un problema de matemáticas. Quería ser médico de grande, como el doctor que había curado a su abuelo. Para él, aprender era emocionante, pero su vida en casa le dejaba poco tiempo para sus estudios.

Siendo el único hijo varón, Tomás debía ayudar con las tareas del hogar. Tenía que ir a buscar leña, cuidar a sus hermanas menores, y limpiar la casa cuando su madre se lo pedía. A menudo, cuando terminaba de hacer todas sus obligaciones, ya no le quedaban fuerzas para hacer las tareas de la escuela. A pesar de sus ganas de ser el mejor alumno, las responsabilidades del hogar lo agotaban.

Una tarde, Tomás llegó agotado a casa después de ayudar a su madre a recoger ropa del tendedero. La maestra les había pedido escribir un ensayo sobre lo que querían ser cuando fueran grandes. Tenía las ideas claras en su mente: quería ser médico para ayudar a las personas, pero apenas tenía tiempo para escribirlo. Se sentó en su escritorio, miró el cuaderno abierto, y comenzó a escribir las primeras líneas. Sin embargo, antes de que pudiera avanzar mucho, sus ojos empezaron a cerrarse. El cansancio lo venció, y se quedó dormido sobre el cuaderno, con el lápiz aún en la mano.

A la mañana siguiente, Tomás despertó sobresaltado. ¡Su tarea! Miró el cuaderno y, para su sorpresa, el ensayo estaba completo. Cada palabra estaba perfectamente escrita, como si él mismo lo hubiera hecho, pero no recordaba haber avanzado tanto. Se quedó observando las líneas, tratando de recordar cómo había logrado escribir todo eso sin estar consciente.

Pensó que quizá su hermana menor, Luisa, había entrado en su cuarto para ayudarlo, pero la caligrafía no se parecía a la suya. Además, a Luisa no le interesaban sus tareas escolares, y tampoco tenía la paciencia para escribir de esa manera. ¿Cómo había sucedido?

Los días pasaron, y la vida continuó con su rutina. Tomás seguía cargando con las labores del hogar y luchaba por encontrar tiempo para sus estudios. Sin embargo, no podía dejar de pensar en lo que había ocurrido con el ensayo. Cada vez que miraba el cuaderno, le parecía más extraño.

Una tarde, mientras recogía sus útiles escolares para hacer un trabajo importante que la maestra había asignado, notó algo raro. Su lápiz favorito, aquel con el que siempre escribía, no estaba en su escritorio. Lo buscó por toda la habitación, pero no pudo encontrarlo. ¿Dónde lo había dejado la última vez? Estaba seguro de haberlo puesto en su estuche.

La semana pasó, y Tomás no había avanzado con el trabajo. Tenía las ideas en su cabeza, pero cada vez que se sentaba a escribirlas, algo en casa le requería su atención. Lavaba platos, ayudaba a sus hermanas con sus tareas, y cuando por fin se sentaba a estudiar, ya era muy tarde. La noche antes de la entrega del trabajo, se sentó frente a su escritorio, con la cabeza gacha y los ojos pesados. A pesar de que el tiempo se le escapaba, no podía concentrarse. Finalmente, agotado, se quedó dormido.

A la mañana siguiente, Tomás despertó de nuevo con el corazón en un puño. ¡El trabajo! Se levantó rápidamente, buscando su cuaderno, y para su sorpresa, allí estaba, completo. Cada respuesta estaba escrita con precisión, exactamente como lo había pensado durante la semana, pero sin haberlo escrito él mismo.

Miró el cuaderno con incredulidad. ¿Cómo era posible? No recordaba haber hecho nada de eso, y, aún más extraño, su lápiz favorito, el que había estado desaparecido, ahora estaba allí, justo al lado del cuaderno, como si siempre hubiera estado.

Tomás se quedó mirándolo por un momento, con una extraña sensación en el estómago. Algo no estaba bien. Durante los días siguientes, empezó a notar pequeños detalles que antes había pasado por alto. A veces, sus lápices no estaban en el mismo lugar donde los había dejado la noche anterior. Otras veces, al abrir su estuche, faltaba uno, y luego aparecía al día siguiente, como si nunca se hubiera perdido.

Las noches en que se quedaba dormido antes de terminar su tarea, siempre se despertaba para encontrarla hecha. Los lápices estaban alineados en su escritorio, listos para el siguiente uso, y los trabajos que no había tenido tiempo de completar aparecían, misteriosamente, terminados.

Una noche, decidido a descubrir qué estaba ocurriendo, Tomás se quedó despierto en su cama, observando su escritorio desde la oscuridad. Estaba convencido de que alguien debía estar ayudándolo, pero ¿quién? El reloj avanzaba lentamente, y sus ojos comenzaban a cerrarse. Justo cuando estaba a punto de rendirse al sueño, creyó escuchar un leve ruido, como el raspar de madera contra papel. Pero cuando abrió los ojos, no vio nada inusual.

A la mañana siguiente, como siempre, su tarea estaba completa. Los lápices seguían alineados en su escritorio, y el cuaderno estaba abierto en la última página escrita. Tomás suspiró, sintiendo una mezcla de alivio y desconcierto. ¿Quién o qué lo estaba ayudando? Por más que intentara, no lograba encontrar una explicación.

Y así, las semanas pasaron. Tomás ya no se preocupaba tanto cuando las tareas parecían inabarcables. Siempre que no tenía tiempo para hacerlas, al día siguiente, allí estaban, listas y bien hechas. Pero cada vez que miraba esos lápices perfectamente alineados en su escritorio, una pequeña duda seguía revoloteando en su mente.

Algo, en algún lugar, estaba trabajando por él cuando no podía hacerlo. Y aunque nunca descubrió exactamente qué, empezó a aceptar con gratitud la extraña ayuda que llegaba en los momentos más difíciles.

12-09-2024 Derechos de autora reservados
Argentina

SEMBLANZA DE UNA DECATEXIS

 


Título: Semblanza de una Decatexis.

Autora: Marcela Barrientos.

La tarde comenzaba a garuar, un suave eco de lluvia que se entrelazaba con la hojarasca al caer. La casa vieja y olvidada parecía estar impregnada de un aire de petricor, ese olor a tierra mojada que siempre me llenaba de añoranza. Había decidido regresar después de tantos años para buscar el cierre que tanto necesitaba, para hacer una especie de decatexis emocional, desprenderme de todo lo que me había atado a ese lugar, este proceso de retirar la energía efusiva de una relación, objeto o lugar que una vez fue significativo. Es un acto de liberación, de soltar. Y, sin embargo, a veces este desprendimiento no es solo difícil, sino una lucha inquebrantable entre el deseo de seguir adelante y el impulso de aferrarse a lo que fue. El lugar, con su atmósfera, me invitaba a examinar la necesidad de esta desconexión.

Recuerdo que la serendepia me llevó a encontrar aquel sitio en mi juventud, un refugio idílico que parecía salido de una utopía. En ese entonces, la vida parecía fluir con una ligereza inusual, y todo lo que me rodeaba tenía un brillo especial. Cada rincón de la casa tenía una iridiscencia sutil, como si la luz jugara con las superficies, devolviéndome reflejos que me hablaban de promesas de un futuro perfecto. Pero con el paso del tiempo, el encanto se fue desmoronando. Lo que alguna vez fue un oasis de paz y belleza se transformó en una prisión mental, atrapándome en una vorágine de recuerdos confusos y emociones difíciles de redimir.

El proceso de decatexis no es algo que se logra de la noche a la mañana. Es una labor que implica una revisión constante de lo que fue, lo que pudo ser y lo que nunca será. Al entrar en la casa, sentí que estaba penetrando en las capas más profundas de mi memoria. Las paredes, cubiertas de polvo, me susurraban secretos antiguos, mientras el suelo crujía bajo mis pies, resonando como un eco del pasado. Cada habitación que cruzaba parecía un testigo mudo de lo que alguna vez viví aquí. Una vida que, aunque difusa en mi mente, aún me tenía atado con hilos invisibles.

Recibido por los ecos de una vida pasada, recordé cómo la limerencia de un primer amor me había cegado. Aquella emoción intensa, que rozaba la obsesión, me mantenía en un estado constante de ensueño. Ese amor había sido una ilusión, y con el tiempo, la realidad se fue imponiendo. Como si se tratara de una vieja película desenfocada, vi cómo los momentos felices se desvanecían, revelando la verdadera naturaleza muérgano de quien alguna vez creí perfecto. La decatexis en este contexto significaba, no solo alejarme de una persona, sino de la idea misma del amor que habíamos construido.

Aun así, algo inquebrantable me mantenía en esta casa, en este lugar. Era como si cada objeto, cada rincón, contuviera una parte de mi alma, algo que no podía simplemente abandonar. Pero, al mismo tiempo, sabía que este apego no era saludable. Sabía que, para sanar, tenía que aprender a soltar, a dejar ir todo lo que me ataba a ese espacio.

Mientras caminaba por las habitaciones, observé cómo los pequeños detalles permanecían tal y como los recordaba. Las grietas en la pared, el olor a madera vieja, la iridiscencia de una lámpara desgastada que aún brillaba tenuemente en la oscuridad, como si el tiempo no hubiera pasado. Todo aquí era una mezcla de lo numinoso y lo terrenal, lo sagrado y lo profano, donde lo ignoto aún parecía acechar en cada esquina, en cada sombra.

Esta señal de la muerte inminente del pasado es, en muchos sentidos, una forma de sanación. Es el reconocimiento de que no podemos aferrarnos eternamente a las cosas, a las personas o a los lugares que nos definen. En algún momento, debemos aprender a liberarnos, a dejar espacio para nuevas experiencias, nuevas emociones, aunque conlleva una tristeza profunda, una añoranza por lo que fue y por lo que nunca volverá a ser. Es un proceso doloroso, pero necesario.

El viento soplaba afuera, trayendo consigo el aroma de la lluvia que se mezclaba con la tierra, intensificando el petricor que tanto me fascinaba de niña. En ese instante, sentí como si el tiempo se detuviera. Todo lo que había experimentado aquí, todas las emociones, los momentos de alegría y tristeza, comenzaron a desvanecerse como un sueño distante. No fue una revelación inmediata, sino un proceso gradual, como el lento cambio de las estaciones. Entrelazar  el pasado con el presente, entender que esas cicatrices forman parte de mí, pero no definen mi futuro.

El día empezaba a desvanecerse, y con él, el peso que había llevado durante tanto tiempo. Las gotas de lluvia se volvieron más intensas, como si la naturaleza misma me estuviera empujando a seguir adelante, a completar esa tarea pendiente que tanto había evitado. Y en ese momento, comprendí que el cierre que buscaba no estaba en el lugar, ni en las personas que habían pasado por mi vida, sino en mí misma.

Quizá ese era el verdadero cierre que necesitaba.

14-09-2024
Derechos de autora reservados
Argentina

VOCES DE NIÑÓS POR LA PAZ

 



Título: Voces de los niños por la paz


Queremos paz en la tierra,

paz que florezca en las manos,

paz que se cuele en la escuela

y nos despierte temprano.

Queremos paz en los juegos,

paz en el pan compartido,

paz en la risa del otro,

paz en el canto de un niño.

No queremos más cañones,

no queremos más peleas,

solo abrazos como puentes

y palabras que consuelan.

Queremos libros abiertos,

maestros que nos enseñen,

que la esperanza camine

por caminos que no mueren.

Queremos campos sembrados,

no desiertos de tristeza,

árboles verdes de vida,

no ciudades en violencia.

Queremos paz en las calles,

paz en la casa y la plaza,

paz que se quede en el alma

como un sol que nunca pasa.

Si los niños lo pedimos,

¿qué corazón no lo escucha?

Si las niñas lo suplican,

¿qué adulto apaga su lucha?

Paz que no sea promesa,

paz que no sea discurso,

paz que se haga semilla

y crezca en cada futuro.

Somos voces pequeñitas,

pero el mundo oye mejor

cuando la paz se pronuncia

con un grito de amor.

Marcela Barrientos 04-10-2025

Derechos de autora reservados 

Argentina



CUANDO LA PAZ RECUERDA

 




Título: Cuando la paz recuerda


Recuerdo, dice la Paz,

haber sido canto en las plazas,

cuando Luther King soñaba

con un mañana sin cadenas.

Fui voz en los labios de Gandhi,

camino descalzo de sal,

fui ayuno contra la espada,

fui oración hecha verdad.

Recuerdo las manos abiertas

de Teresa en Calcuta,

donde mi nombre era pan

y mi rostro, ternura.

Fui beso de madres valientes

que en la Plaza se reunían,

pidiendo hijos y justicia

bajo pañuelos de vida.

Recuerdo caer como lluvia

sobre muros derrumbados,

cuando Berlín se rendía

a la esperanza en sus manos.

Fui palabra en labios de Lennon,

una canción contra el miedo,

“denme una oportunidad”

era mi lema en su tiempo.

Recuerdo ser vela encendida

en Hiroshima y Nagasaki,

cuando el dolor me llamó

para vestir de blanco el aire.

Fui abrazo en Sudáfrica herida,

cuando Mandela salió,

y mi semilla creció libre

donde el odio se quebró.

Yo soy la Paz que suspira,

añorando cada instante

en que la humanidad entera

me eligió como estandarte.

Y pregunto en voz callada,

como viento en la memoria:

¿no es tiempo de que mi canto

vuelva a ser parte de la historia?

Marcela Barrientos 04-10-2025
Derechos de autora reservados 
Argentina

ENTRE ALAS Y ESPUMA

 



Título: Entre alas y espuma

Se alza la brisa como un canto leve,

roza su falda blanca, la estremece;

las olas murmuran un verso que llueve

y el sol en su pecho, sin miedo, adormece.

Gaviotas que olvidan su libre vuelo,

caminan en la orilla, curiosas y apacibles,

olvidando sus sueños en el arenoso suelo,

como si el cielo les quedara imposible.

Los delfines ríen bajo la espuma,

saltan con gracia su danza armoniosa,

como si el océano, templo y bruma,

la ungiera reina de la playa jubilosa.

Ella, de pie, en el umbral del mundo,

escucha el latido azul y profundo.

Marcela Barrientos 06/08/2025

Derechos de Autora reservados 

Argentina


miércoles, 22 de octubre de 2025

CICLO INFINITO

 


Título: Ciclo infinito

Nombre: Marcela Barrientos



Cuando el tiempo encorve mis días y el alba tiemble en mis dedos,

seré la sombra cansada de un sauce que murmura memorias,

un destello fugaz que se cuela por los resquicios del recuerdo,

o el cauce sereno que arrastra en su fluir la huella de mis silencios.


¿Quién velará por mis días, como un faro en la bruma,  

cuando las horas se vuelvan arena y se escurra entre los dedos?  

Quizá una estrella que aún brilla en la noche más densa,  

o el murmullo de un poema que nunca terminé de escribir.


Y en mi última estación, ¿quién me abrazará en su manto de calma,

como la tierra que acoge las semillas que nunca florecieron?

Seré apenas un aliento disuelto en la bruma del tiempo,

un vestigio que se apaga en la memoria del viento.


Pero en esa despedida, sea el eco de lo vivido el que me sostenga,  

una melodía suave que atraviesa las edades,  

un hálito cálido que me envuelve en su abrazo eterno,  

y en ese silencio final, sabré que fui parte del ciclo infinito.

D.R.A. 08-06-2025


CRUZAR LA PUERTA

 


Las luces del bar parecían respirar. No titilar, no parpadear. Respirar.

Como si el lugar entero exhalara una calidez dorada que envolvía las copas, los rostros, las palabras apenas dichas. Entró sin quitarse del todo el abrigo, como quien aún duda si quedarse o marcharse.

Caminó hasta la barra, los pasos midiendo el eco del suelo encerado. No estaba acostumbrado a lugares así, donde el murmullo es una música tenue y las miradas no preguntan, solo sostienen.

—Disculpe —dijo él, con una voz más suave de lo que esperaba—. ¿Aquí hay... muchachas?

La mujer detrás de la barra alzó la vista. No sonrió ni frunció el ceño. Solo lo miró, como si cada palabra que él no se atrevía a decir le hubiese sido susurrada en algún idioma secreto.

Cabello recogido sin esfuerzo, una blusa oscura como la noche antes de la tormenta, y las manos —esas manos— que pulían con lentitud el borde de una copa.

—Aquí hay silencios —le respondió, como si ofreciera un menú que nadie había pedido pero todos deseaban.

Él se sentó. Ella le sirvió algo transparente que olía a bosque. No se animó a preguntar qué era.

El bar se poblaba de sombras con nombre, de parejas que no se tocaban pero se buscaban con los ojos, de palabras que caían como cenizas en la mesa. Y ella. Siempre ella. Caminaba entre las mesas como si el suelo la reconociera.

¿Qué estoy haciendo aquí?

Se preguntaba mientras giraba la copa entre los dedos.

No soy de los que hacen esto. No tengo la voz, ni la actitud, ni la ropa para acercarme a nadie.

Y sin embargo, seguía allí.

Y ella volvía a su lado cada tanto, sin apuro.

Como si ya supiera que él no se iba a ir.

—¿Cómo se llama? —se atrevió a preguntar.

—Eso depende —dijo ella, ladeando apenas la cabeza—. ¿Usted quiere saber mi nombre de verdad, o uno que le convenga para esta noche?

Él sonrió, por primera vez.

Ella también. Pero no fue una sonrisa cualquiera. Fue una que parecía arrancada de un poema mal escondido.

¿Cómo sería besarla?

¿Cómo sería si me levantara ahora y le dijera que la he estado esperando sin saberlo?

¿Si le ofreciera mis manos vacías como promesa, aunque no tenga nada que ofrecer?

Y entonces, sin saber bien cómo, ocurrió.

Ella se inclinó hacia él, muy cerca. Tanto que el aroma de su piel le trajo una memoria que no tenía. Una brisa de verano. Una canción sin letra.

Su voz llegó apenas:

—¿Está seguro de que quiere cruzar la puerta?

¿Qué puerta? pensó él. Pero no lo dijo. No podía.

Ella no lo besó. Pero su mano rozó la de él, como un roce sin gravedad. Y fue como si algo se abriera. No la puerta. Él.

Se levantaron. Nadie los miró. Nadie pareció notar que el aire había cambiado.

Subieron una escalera de madera antigua que crujía como un secreto mal guardado.

El pasillo era estrecho. Y oscuro.

Ella abrió una puerta.

Adentro, solo un sillón y una ventana entreabierta.

La luna no estaba. Solo la respiración de ella. Y la suya, que ya no era tímida.

Se acercó. Ella también.

Sus labios se rozaron, apenas.

Y entonces, él cerró los ojos.

Y despertó.

La almohada aún tenía la forma de su cabeza.

El cuarto en penumbra olía a sábana limpia y a soledad.

El reloj marcaba las tres y trece.

Y el sonido lejano de la lluvia contra el vidrio parecía el aplauso lento de un deseo que no llegó.

Se quedó allí, mirando el techo.

Algún día… quizás.

Algún día, cruzaré la puerta.

Autora: Marcela Barrientos 20-07-2025

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Argentina