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viernes, 26 de septiembre de 2025

MEMORIA FRAGMENTADA

 





Título: Memoria fragmentada

Autora: Marcela Barrientos


Me encontró por accidente. Yo llevaba años escondido en el fondo de un cajón polvoriento, debajo de bufandas que ya no usaba, de papeles amarillentos y de fotos dobladas que se quedaron sin marco. No sé cuánto tiempo había pasado desde la última vez que me miró, pero cuando sus manos me sacaron de ese escondite, un estremecimiento recorrió mi superficie astillada. Yo estaba roto, sí, con mis venas de vidrio extendiéndose como raíces secas, pero aún podía reflejar.

Ella me observó con un gesto de sorpresa y desconfianza. No era el mismo rostro de antes: había líneas nuevas en la frente, ojeras más hondas y una sombra que no se debía solo a la luz. Quiso apartarme, dejarme de nuevo en la oscuridad, pero algo la detuvo. Me sostuvo frente a su cara y entonces ocurrió: no se vio a sí misma tal como estaba, sino como había estado.

En uno de mis fragmentos más pequeños apareció la imagen de una tarde de verano: ella, con el cabello mojado, riéndose mientras corría bajo un chaparrón inesperado. Esa risa no buscaba ser observada; era pura, infantil, indómita. La escena la dejó perpleja. Tocó el pedazo de vidrio con la yema de los dedos, como si pudiera alcanzar el agua que entonces le empapaba la ropa.

—¿Qué es esto? —susurró.

Yo no respondí con palabras, sino con más reflejos. Otro fragmento, más grande y quebrado en el borde, le mostró una tarde de su adolescencia: sentada en una plaza, comiendo un helado de vainilla con su mejor amiga, riéndose de un secreto que ya había olvidado. No había preocupaciones, solo la tibieza del sol en los hombros.

Ella se emocionó, como si un recuerdo enterrado de golpe recobrara vida. Se inclinó más cerca y comenzó a buscar. Yo, obediente, le mostré otras escenas. En cada pedazo de mi cuerpo roto brillaba un instante en el que había sido feliz sin darse cuenta: la primera vez que sintió a su sobrino dormirse sobre su pecho; la caminata solitaria por una playa casi desierta al amanecer; una noche de fogata donde cantó sin importarle desafinar; una mañana en que despertó y se sorprendió a sí misma tarareando, sin motivo aparente.

Yo era un espejo roto, pero también era un archivo secreto. Mis fragmentos no devolvían la forma exacta de su rostro actual, sino la suma de los destellos que había olvidado. Cada risa, cada calma, cada sorpresa. En ellos estaba la evidencia de que había sido feliz incluso en los días comunes, los que creyó insípidos o dolorosos.

—No lo vi… —dijo, con los ojos humedecidos—. No sabía que en ese instante era tan feliz.

Su voz era un lamento, pero también un despertar. Yo, que había guardado esas memorias, sentí cómo mis grietas brillaban con una luz tenue. En su rostro presente se dibujó un gesto nuevo, mezcla de nostalgia y fuerza. Me miraba distinto: ya no con miedo, sino con deseo de reconocerse.

Le mostré todavía más: aquel día que cocinó sola y la salsa le quedó perfecta; la primera vez que se animó a bailar sin preocuparse de quién miraba; la tarde en que su padre, ya cansado, aún la llamó “pequeña”; la madrugada en que escribió páginas enteras de un cuaderno y luego durmió profundamente. Cada trozo mío era un recordatorio de que, incluso en medio de la rutina, había destellos luminosos.

Ella respiró hondo. Vi cómo sus manos temblaban, cómo se llevaba un fragmento de mí al pecho, sin miedo de cortarse. Entendió, en ese silencio, que no era la sombra la que la definía, sino esos instantes dispersos que habían sido parte de ella y seguían siéndolo.

—Gracias… —murmuró al fin, y sentí que la palabra me recorría como un pulso.

En ese agradecimiento había un compromiso. Lo entendí cuando me dejó sobre la mesa y me miró directamente, esta vez aceptando tanto la imagen actual como las memorias que yo le había mostrado. No necesitaba volver atrás: había descubierto que la felicidad no siempre avisa, que se cuela en lo cotidiano, que puede ser recogida y rehecha incluso ahora.

Yo, espejo roto, no podía devolverle una imagen entera. Pero sí podía ofrecerle la certeza de que había sido feliz sin saberlo, y que aún podía volver a serlo. Esa convicción encendió una chispa en su mirada, y esa chispa, más fuerte que cualquier reflejo, fue mi última revelación: ella había recuperado la fe en el poder de cambiar.

Me quedé quieto, fragmentado y luminoso, sabiendo que mi propósito estaba cumplido.

Derechos de autora reservados
Septiembre 2025

EL DIARIO DEL ALTILLO

 

Título: El diario del altillo

Autora: Marcela Barrientos

País: Argentina


Dicen que las casas antiguas ocultan lo esencial detrás de lo visible, como si en cada paralelepípedo de sus muros quedaran atrapados ecos de lo no dicho. Desde niño creí conocer cada pasillo y cada rincón de la casa de mis abuelos, pero aquella tarde me descubrí obnubilado por un presentimiento: la certeza inexplicable de que algo me aguardaba. No era miedo lo que sentía, sino un embrujo sutil, semejante al estremecimiento que antecede a las revelaciones.

Un crujido distinto a los habituales me guió hasta una escalera angosta, cuyas maderas se hundían como si guardaran siglos de confidencias. Subí lentamente, oteando la penumbra, hasta llegar a un altillo donde el aire se espesaba con motas doradas que flotaban como luciérnagas detenidas. Allí, la kenopsia dominaba el ambiente: esa soledad que respira en los lugares vacíos de voces. Sin embargo, entre baúles apilados y cofres sin nombre, uno me llamó con una fuerza arcana. Su candado, corroído, cedió sin resistencia, como si aguardara desde siempre el momento justo.

Dentro, bajo telas raídas y cartas quebradizas, yacía un cuaderno encuadernado en cuero, sorprendentemente intacto. No era un objeto vacuo: apenas lo abrí, comprendí que estaba frente a un testimonio etéreo, un puente entre lo íntimo y lo sempiterno. Sus páginas me produjeron una metanoia, un vuelco en la mirada: supe que no era un diario común, sino un legado destinado a ser hallado.

La autora se describía a sí misma como “casquivana” a los ojos de los suyos, porque había elegido vivir según su albedrío y no bajo los mandatos ajenos. Su voz, más que confesional, era un apapachar a través de las generaciones, un bálsamo que conciliaba ternura con rebeldía. Relataba cómo encontraba serenidad en la contemplación del céfiro, ese viento suave que rozaba las flores con ataraxia, y cómo, pese a la dureza de ser mujer en tiempos hostiles, cultivaba una esperanza acendrada.

En un pasaje, su caligrafía firme parecía latir en cada palabra:

"He amado sin pedir permiso y he llorado en secreto para no ofender con mis lágrimas. No me avergüenzo de mi rebeldía: prefiero ser llamada casquivana antes que vivir bajo cadenas invisibles. Mi corazón, al atardecer, se enciende con el arrebol, y en ese instante comprendo que mi venustez no está en mi rostro ni en mi carne, sino en la quimera de soñar junto a otros. Si mis manos tiemblan al escribir, no es por miedo, sino porque presiento que alguien, algún día, leerá estas líneas y sabrá que no estuve sola."

La sensación de esa mujer era la de alguien que oscilaba entre la fragilidad y la firmeza. Cada palabra suya parecía escrita en el filo de una aspillera: un resquicio mínimo desde el cual observar el mundo sin ser vista. Había en ella una consciencia lúcida de que su tiempo la condenaba, pero también la certeza de que su voz trascendería las sombras.

Vuelvo a releer esta frase que atravesó los muros de la hipocresía de una época llena de prejuicios hacia las conductas de las mujeres.

“La verdadera venustez no habita en la carne ni en el rostro, sino en la capacidad de soñar una quimera compartida.”

Esa sentencia me llevó a una anagnórisis: comprendí que estaba leyendo algo que no pertenecía solo al pasado, sino al presente y al porvenir.

Entre las páginas surgía la figura de un hombre berraco, campesino de bonhomía franca, con quien compartió un instante de amor efímero pero sempiterno en el recuerdo. Lo evocaba como un destello etéreo bajo el baticor del cielo incendiado, cuando el sol declinaba y el horizonte se vestía de rojos y naranjas. Aquellas escenas tenían la fuerza de lo indecible, como si estuviera mirando a través de una aspillera hacia un mundo donde la ternura resistía incluso en medio de la hostilidad.

El diario hablaba también de sororidad y fraternidad, de vínculos invisibles que se erigían como lumbre en la oscuridad, sosteniendo lo humano cuando todo parecía a punto de extinguirse. Esa escritura no era un refugio individual, sino un acto colectivo, un tejido de voces silenciadas que, sin embargo, persistían en el papel.

Me acerqué a la pequeña ventana circular del altillo. Desde allí, al otear el horizonte, vi cómo el sol se deshacía en fuego, y las partículas de polvo se convertían en un universo de chispas. Cerré el cuaderno con reverencia, consciente de que no había hallado un tesoro material, sino un secreto que pedía un guardián. No me marché con respuestas, sino con una certeza: esa mujer había escrito para alguien como yo, alguien dispuesto a escucharla con el corazón abierto.

Comprendí entonces que cada palabra suya, aunque nacida en soledad, formaba parte de una constelación de memorias silenciadas. Cada pincel escondido, cada canto apagado, cada diario oculto era un fragmento de justicia pendiente. Esa fue mi revelación: la historia, para ser completa, debe integrar a quienes soñaron y resistieron, aunque intentaran borrarlas.

El verdadero secreto del altillo era este: que las voces de aquellas mujeres, reducidas a rincones oscuros, siguen ardiendo como lumbre. Solo necesitamos la valentía de abrir sus páginas y dejarnos apapachar por su legado.

Derechos de autora reservados

Septiembre 2025




EXTRAÑAS SENSACIONES

 





Título: Extrañas sensaciones

Autora: Marcela Barrientos

País: Argentina

Desde niña me invadía una certeza inexplicable, un rumor en la sangre que no encontraba nombre. No tenía pruebas, ni un gesto, ni una palabra que lo confirmara; eran fragmentos: un silencio que se hacía costumbre en ciertas miradas, una pausa que cortaba historias en la sobremesa. Fui amada, cuidada, celebrada. Crecí entre abrazos y voces que me llamaban hija. Y, sin embargo, cada vez que me miraba al espejo, algo me devolvía un reflejo ajeno, como si la piel no terminara de coincidir con el nombre que me dieron. El rostro conocido aparecía, pero por debajo había una frecuencia distinta, una señal que no lograba decodificar.

Era una sospecha que no se formulaba en frases claras, sino en huecos. Una inquietud que me hacía distinta de mis hermanos: ellos parecían encajar sin esfuerzo, como piezas exactas de un rompecabezas. Yo, en cambio, me sentía borde, filo, la pieza que nunca encuentra su lugar. En la infancia, esa sensación se expresaba en gestos pequeños: inventaba mapas en el dorso de los cuadernos, como si trazando rutas pudiera llegar a un origen que todavía no conocía.

También buscaba papeles. Revolvía cajones, miraba bolsas de documentos, espiaba fotos que no tenían fecha. Soñaba que encontraría un nombre distinto en un acta, una carta olvidada que lo explicara todo. Nunca hallé esa carta, pero sí la sensación de haber sido siempre la archivista de un misterio propio.

Con la adolescencia cambiaron los modos de búsqueda: ya no eran objetos sino personas. Interrogaba a parientes en conversaciones casuales y las respuestas oscilaban entre evasiones y negaciones. Una risa nerviosa, un cambio de tema, un “no pienses eso”. No obtenía certezas, pero cada silencio me confirmaba que había algo que se intentaba ocultar.

La intensidad de la duda no fue constante: a veces se volvía tenue, como una bruma apenas audible; otras, ocupaba todo mi pensamiento. Hubo temporadas en que la rutina la acallaba, y otras en que regresaba con voracidad, como un eco obstinado que no podía ser apagado.

Había algo en mi forma de existir que no lograba ajustar. No era rebeldía ni desamor. Era un ruido interno, como una cuerda que vibra en una melodía ajena. En las noches, cuando el silencio de la casa caía sobre mí, esa sensación se volvía más fuerte: la certeza de ser un cuerpo prestado, una presencia que no terminaba de pertenecer.



Con los años la duda se volvió pregunta articulada y, al mismo tiempo, conservó su aspecto elemental: un conocimiento que la razón no poseía pero que mi cuerpo sí reconocía. La interrogación sobre mi origen me empujó a confrontar el lenguaje de la familia; hubo conversaciones que fueron minas de silencio. En algunas, la revelación fue implícita: frases a medias, miradas que se apartaban, la prisa por cambiar de tema; en otras, la confirmación llegó en un despliegue controlado, como si se me ofreciera la verdad en porciones admitidas. 

“Eres adoptada”, me dijeron. Y en ese instante, como si una cerradura antigua se liberara, muchas piezas encajaron con la violencia de lo inevitable.

No fue sorpresa: no esperaba un estallido sino la confirmación de una intuición que me había acompañado desde la infancia. La anagnórisis no llegó como drama melodramático sino como una especie de catarsis que mezclaba alivio, dolor y desorientación. Comprendí por qué mi piel lloraba cuando la llamaban “igual” y por qué mi alma flotaba como pluma en un aire distinto. La revelación no borró el amor recibido —ese amor seguía allí, acendrado, íntegro—; lo que dolió fue la mentira, el recorte que había hecho de mi historia la familia que me formó con cariño. Sentí, por un momento, que me deslizaba entre dos superficies: la que me había sostenido y la que, por herencia, me sería ajena.


Hoy camino entre dos mundos: el de la familia que me eligió y me sostuvo, y el de la sangre que nunca conocí. Soy puente entre orígenes, y a veces ese puente cruje como una escalera vieja que no sé si soportará el peso de mis pasos. Vivo con la paradoja de ser hija doble y, a la vez, hija sin raíces claras.

¿Soy rara? ¿Soy un error? Me lo he preguntado tantas veces que la pregunta se volvió canción. No encajo del todo aquí ni allá. Pero en esa diferencia también hay fuerza. Mi identidad no es un vacío, sino una constelación hecha de fragmentos: papeles, silencios, afectos, recuerdos. Un rompecabezas que nunca cierra del todo, pero que igual dibuja una figura.

La memoria tiene capas que a veces se archivan como si fueran cartas sin remitente. He aprendido a leer esas capas con más paciencia: a distinguir el afecto que me conformó del dato que me faltó, a aceptar que la autenticidad puede existir aun cuando la genealogía no coincida con las expectativas. Y aun en la aceptación persiste un filo: la curiosidad por la sangre que me precede, por los nombres que mis papeles no pronuncian. Esa búsqueda no es siempre ardiente; hay periodos de tregua, de sosiego —en los que la vida cotidiana, las obligaciones y las pequeñas alegrías aplacan la urgencia— y hay temporadas en las que la curiosidad se despierta con voracidad, me empuja a interrogar archivos, a llamar a parientes, a rastrear apellidos en antiguas planillas amarillas.


No elegí esta condición, pero ahora sé que no soy menos por sentirme extraña. Soy una nota fuera de lugar que, sin embargo, hace temblar la melodía entera. La nota que se salió de la armonía no anula la melodía; la desajusta, la transforma. En esa transformación voy buscando, con paciencia variable, los papeles que aún faltan y las palabras que aún no se dijeron. Y en la búsqueda misma, aunque a veces duela, habita ya una forma de pertenencia: una que no se ajusta a categorías limpias, sino a la trama compleja de lo que soy. Una nota que, sin embargo, hace temblar la melodía entera.

Derechos de autora reservados 

Septiembre 2025