Y vinieron los tapicha morotĩ *
Vinieron con el río, sin saber que era sagrado,
traían cruces de hierro y un nombre ya gastado.
El Paraná miraba, con su espejo sin fondo,
el gesto de fundar lo que aún no era su mundo.
El viento abrió las aguas como una antigua Biblia
y un sauce dijo un nombre que nadie entendía.
Entonces fue Corrientes, por milagro o por suerte,
una chispa en la orilla, encendida por la muerte.
Dicen que antes de todo, la tierra era solo viento y guaraníes en búsqueda de la “tierra sin mal” (Yvy Mara'ei) . Que el río hablaba en sueños y que había un pez antiguo —el Yaguareté de Plata— que cuidaba las aguas. Nadie lo vio, pero todos lo temían.
El primer habitante fue una mujer. No vino de España ni de Asunción. Nació del río y del barro cuando la luna estaba llena. La llamaban Ñanderý, la del fuego lento. Dicen que tejía palabras en las hojas del lapacho y que su sombra aún canta cuando florece.
Juan Torres de Vera y Aragón llegó un día en el que el Paraná estaba calmo, como si lo esperara. Fundó la ciudad el 3 de abril de 1588. La llamó San Juan de Vera de las Siete Corrientes, por las siete corrientes del río que desafiaban las embarcaciones, pero algunos dicen que eran siete espíritus del agua, cada uno con su rostro y su furia.
En los primeros días, cuando aún no sabían si la ciudad echaría raíces o se la tragaría el monte, clavaron una cruz de madera en la tierra recién ganada. Era sencilla, tosca, como los días por venir. Pero pronto se volvió sagrada. Los guaraníes, temerosos o furiosos, intentaron quemarla. La madera crepitó, pero no ardió. Algunos dicen que un rayo cayó desde el cielo y detuvo la mano de quienes buscaban destruirla. Desde entonces, la cruz quedó allí, intacta, desafiando el tiempo y la duda. Se la llamó la Cruz de los Milagros. Y fue más que un símbolo: fue promesa y advertencia, fue consuelo y destino. Cada 3 de mayo se la venera, y no hay correntino que no haya sentido alguna vez su sombra, su protección, o su misterio.
La primera casa fue de adobe, hecha con manos que sabían más de batalla que de ternura. Pero fue allí donde se cocinó el primer guiso con carne de monte, y donde una guaraní enseñó a rezar mirando el sol.
Corrientes nació entre dos mundos: la espada y la leyenda, la cruz y el tambor. Desde entonces, vive con un pie en la historia y otro en el mito. En cada esquina hay una sombra que murmura algo que no está en los libros.
Mucho antes del acto solemne y del papel firmado, Corrientes ya era susurro en la lengua de los árboles. El ceibo, testigo mudo, ya florecía con tinta roja cada vez que alguien imaginaba un hogar. En las noches de luna nueva, un jaguar de fuego caminaba por la ribera y marcaba con sus huellas los sitios sagrados. Los niños guaraníes, dicen, lo seguían sin miedo, y al amanecer despertaban sabiendo cosas que no podían explicar. Fue él, dicen algunos viejos, quien eligió el sitio de la ciudad, porque allí el tiempo se doblaba como el río en sus meandros, y podía nacer lo eterno.
Se habla de una piedra que sangra cuando alguien olvida su nombre. Se habla del Cacique Ñaró, que aún vigila el río desde las barrancas. Se habla de un corazón enterrado bajo la plaza, latiendo todavía.
Y Taragüi nació
Taragüi no se fundó: se recordó a sí misma,
como sueña una rama que regresa a la brisa.
Fue un deseo del agua, no un acto del hombre,
una idea del río vestida con un nombre.
Las siete corrientes no son rumbo ni mapa,
sino voces antiguas que silban en las tapias.
Y quien diga “Taragüi” diga sol, diga fe, diga alegría
y también diga música que florece en la tierra.
* tapicha morotĩ: personas blancas
Marcela Barrientos 07/05/2025
Derechos de autora reservados Argentina


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