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| Hotel Paraná y Plazoleta Berón de Astrada. Años 30'. El Hotel Paraná se llamaba originalmente Roma. Actualmente, esta ubicado el Monumento a la Madre. |
No puedo imaginar Corrientes sin pensar en él. En ese niño que, con apenas ocho años, ya era un hombrecito cargando con la responsabilidad de toda una familia. Ese niño era mi padre.
Corrientes era otra en aquellos años, con sus calles adoquinadas y arboladas como la Fray José de la Quintana, donde vivía. Allí, entre patios internos, zaguanes amplios y vecinos que aún se saludaban por su nombre, se forjaba el carácter de un chico que no tuvo infancia.
Me gustaba escucharlo contar sus historias. Lo hacía sin dramatismo, con una sencillez que a veces dolía más que cualquier lágrima. Sus palabras pintaban escenas con la nitidez de quien ha vivido mucho en poco tiempo. Me hablaba de su infancia como quien recuerda una batalla antigua, con orgullo y sin quejas. A través de él, Corrientes se volvía más que un lugar: era un escenario de coraje, de ternura en medio de la escasez, de dignidad inquebrantable. Escucharlo era como abrir una ventana a otro tiempo, uno que no conocí, pero que ahora vive en mí con la fuerza de una herencia.
La crisis del año 30 golpeó duro. Él tenía apenas ocho años —“modelo 22”, como solía decir con una media sonrisa y tuvo que abandonar la escuela para ayudar a su madre y a sus hermanas. Lustra zapatos, vende lo que puede, pide fiado en la tienda para llevar lo necesario a casa. Pero lo hace con honor. Porque cada deuda era una promesa. Y su palabra, lo más valioso que tenía. Aquel niño caminaba por el empedrado con los zapatos desgastados, pero con la frente en alto, como si cada paso fuera una lección de dignidad.
La ciudad, mientras tanto, cambiaba. A pocos metros, en la costa, los obreros comenzaban la obra titánica de la costanera. Un emblema en construcción, como él. Como tantos otros niños que crecieron antes de tiempo. Mi padre corría por esas mismas calles, iba al dispensario cuando el tifus enfermó a su madre y hermanas. Él era el único sano. El único capaz de ir por medicina y comida. El único sostén. Aprendió a cocinar, a curar, a consolar, todo a una edad en que otros aún jugaban a la pelota en la calle.
A pesar de todo, jamás perdió el orgullo de haber nacido en esa tierra. Ser correntino era para él un honor que llevaba en la sangre y en la voz. Ya viviendo en Buenos Aires, cada vez que podía, regresaba. Aunque fuera solo unos días. Era una necesidad del alma. Volver a caminar las veredas de su infancia, mirar el río, reencontrarse con los recuerdos. Decía que Corrientes era más que un lugar: era su raíz, su refugio, su identidad. Y al pisar esa tierra roja, su mirada se iluminaba como si la ciudad misma lo abrazara.
A veces lo imagino caminando por la calle de tierra, con un paquete de arroz bajo el brazo y la preocupación de un adulto en el rostro. En esos días, la ciudad le hablaba en murmullos: en el crujir de los adoquines, en el chirriar de un tranvía lejano, en el canto de los vendedores ambulantes. Cada sonido era parte de su historia, cada aroma una memoria viva. El perfume del azahar en primavera, el calor húmedo que subía desde el río, el eco de los rezos en las siestas sagradas.
Corrientes no sería la misma para mí sin su historia. Él le dio forma con su paso, con su lucha. Aunque hoy ya no está, siento que su espíritu aún recorre esos rincones. Que se detiene bajo un árbol, que escucha el murmullo del río, que sonríe frente a los viejos portales. Porque en cada rincón de la ciudad hay un eco de su vida. Y mientras yo recuerde, él seguirá caminando por esas calles eternas.
Porque Corrientes está hecha también de esos héroes invisibles. De esos niños que, como mi padre, hicieron grande a esta ciudad con pequeños gestos de grandeza. Y su historia, humilde y silenciosa, es una de las que le da alma y memoria a este lugar.
Marcela Barrientos 15-05-2025
Derechos de autora reservados
Argentina
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| 1900 - NORDESTE ARGENTINO - SALADAS, Corrientes |




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