Título : El Último Golpe
El cielo se partió en dos, como una cortina rasgada por la mano de un dios ofendido. El ruido fue ensordecedor, un retumbo que hizo vibrar el suelo bajo mis pies. Era el momento que había anticipado durante tanto tiempo, la culminación de un ciclo que había comenzado mucho antes de que yo naciera. Miré hacia arriba, hacia el horizonte de mi ciudad, un laberinto de acero y concreto que había sido testigo de la decadencia humana. El asteroide, un monstruo celestial, se precipitaba hacia nosotros, y en su descenso, traía consigo la sentencia de muerte de nuestra civilización.
No era sorprendente. A lo largo de los años, observé cómo el hombre, en su arrogancia, se había convertido en un mero peón en un juego que nunca entendió. La tecnología, una vez nuestra aliada, se había transformado en nuestra carcelera. En lugar de liberarnos, nos había encerrado en una prisión de pantallas y algoritmos, donde las interacciones humanas se reducían a un parpadeo de luces y mensajes efímeros. Los logros de nuestra especie, una vez gloriosos, se habían vuelto cenizas, y el esplendor había sido reemplazado por una existencia vacía, un eco lejano de lo que alguna vez fuimos.
Mientras el asteroide se acercaba, sentí una extraña calma. La historia de la humanidad, con sus guerras, sus avances y sus retrocesos, se desvanecía ante mis ojos. Ya no importaba el legado que dejaríamos atrás, ni el futuro que habíamos prometido a nuestros hijos. Me pregunté si, en algún rincón de la memoria colectiva, aún quedaba un destello de esperanza, o si todo había sido un espejismo, una ilusión fabricada por aquellos que se negaban a aceptar la verdad de nuestra propia destrucción.
El impacto fue inminente. El asteroide, un coloso de roca y metal, se estrelló contra la Tierra como si el propio universo estuviera tomando venganza. La tierra tembló, y una ola de calor me envolvió en un abrazo mortal. La explosión fue catastrófica, un fuego que devoró todo a su paso. En ese momento, comprendí que el universo había conspirado contra nosotros, que había decidido que la especie más dañina que jamás había existido debía ser erradicada.
Recorrí las calles desiertas de mi ciudad, sintiendo que cada paso era un eco de lo que había sido. Las luces de neón parpadeaban, como si quisieran despedirse de sus últimos espectadores. Las pantallas, que una vez mostraron imágenes de éxito y felicidad, ahora eran solo sombras de una realidad que ya no existía. Los edificios, esos gigantes de concreto que se alzaban hacia el cielo, parecían inclinarse, como si supieran que su tiempo había llegado. Era un espectáculo de tristeza y resignación, el final de un ciclo.
No había lágrimas en mis ojos, solo una profunda comprensión de que todo esto era justicia poética. La humanidad había sido un experimento fallido, una aberración en el vasto tejido del cosmos. Habíamos abusado de nuestro planeta, de sus recursos, de sus criaturas. En nuestra ceguera, habíamos creído que éramos los dueños de la Tierra, cuando en realidad éramos solo simples pasajeros temporales. El universo, en su infinita sabiduría, había decidido que era hora de terminar con nuestra farsa.
A medida que el cielo se oscurecía con el polvo del impacto, sentí que la vida se desvanecía a mi alrededor. La ausencia de ruido era abrumadora. Ya no había gritos, ni llantos, ni siquiera el murmullo de la esperanza. Solo un silencio sepulcral que envolvía todo. En ese momento de calma, comprendí que no había nada que lamentar. Habíamos tenido nuestra oportunidad y, en un acto de soberbia, la habíamos desperdiciado.
El último suspiro de la humanidad se perdió en el aire, mientras la tierra se reconfiguraba, como si el universo estuviera lavando sus manos de nuestra existencia. El asteroide, con su impacto, había cumplido su misión. La sentencia final había sido pronunciada, y yo, un mero testigo de la inminente destrucción, solo podía aceptar lo inevitable.
La historia de la humanidad se desvanecía, y con ella, la memoria de nuestros logros y fracasos. Mientras el polvo se asentaba, entendí que el ciclo de la vida continuaría, con o sin nosotros. La Tierra sanaría, y tal vez, algún día, nuevas formas de vida surgirían de las cenizas de nuestra civilización, recordando lo que fuimos, pero sin repetir nuestros errores. En la vastedad del cosmos, nuestra existencia era solo un susurro, y ahora, el silencio reinaba en su lugar.
Marcela Barrientos 21 marzo 2025
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Argentina


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